Los derechos del ser humano: la diáspora andalusí

La Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce el derecho de todas las personas a gozar de una nacionalidad y, como consecuencia de esa realidad, hay casos perfectamente comprobados, de algunas comunidades que gozan de al menos dos. Es el caso, en lo que al reino de España concierne, de la comunidad sefardí, a quienes se ha reconocido su origen. El caso andalusí no es diferente. Incluso con mayor razón se puede argumentar su derecho, pues no sólo han sido nacidos en Andalucía, de descendencia andaluza, sino en su mayor parte de procedencia netamente andaluza.

| Jardines andalusíes de Rabat (Marruecos)

RPRESS Somos Andaluces, Partido Andaluz. 6 de mayo 2021.- La diáspora andalusí (Al Andalus es una traducción literal del griego “Atlántida” «lugar del agua”), al árabe, hecha en Siria, adjetivo al que se ha añadido el artículo “al”, habitual en este idioma) existe, como la de otros pueblos del mundo, algunas de las cuales han sido reconocidas internacionalmente. Desde el siglo XII, en que la intransigencia almorávide obligó a algunos hombres de ciencia a exiliarse –hecho que aún no puede calificarse de diáspora, aunque sí de exilio forzado- los principales momentos de salida, por huida o expulsión se fueron produciendo a partir del siglo XIII y en especial al principios del XVI y el XVII, como resultado de la conquista y el incumplimiento de los acuerdos ó “capitulaciones”, en los reinos de Córdoba, Sevilla y Granada, citados en orden cronológico. Del mismo modo, aunque también podrían incluirse en la calificación de la salida de miles de andaluces emigrados a América por motivos económicos, en busca de una vida mejor, se ha centrado en la etapa andalusí, es decir, referidos a los llamados “moriscos”. Las etapas posteriores se ofrecen aparte, a título informativo.

I – Las primeras diásporas: Expulsiones y exilios de los “moriscos”

El término “morisco” fue aplicado por los conquistadores peninsulares a los habitantes de las zonas por ellos conquistadas. Se les consideraba ”infieles” a la religión cristiana o, en el mejor de los casos, heterodoxos de costumbres relajadas y contrarias a la “moral” pacata – y en el fondo artificiosa- de la época. Todo ello sin tener en cuenta que las conversiones al Islam en la península fueron una amplia minoría, pues la mayor parte de los peninsulares, en particular en la provincia de al Andalus, mantuvieron su religión, por lo normal cristiana, entre 711 y 1492.

| Sala de manuscritos soufi

Intransigencia musulmana: Siglos X al XII

Es la menor numéricamente hablando. Personajes de las artes y las letras, sobre todo estos últimos, son víctimas de la intransigencia almorávide que los considera “demasiado heterodoxos”, incluso infieles, porque sus teorías, conocimiento y descubrimientos, a veces colisionan con principios, no tanto coránicos, como propios de la interpretación personal de esta corriente, nacida en las alturas del sur de Marruecos y Argelia.

Después de las épocas florecientes de los reinados de Abderraman I, Mohamed I, Abderramán II y III, Alhakén II, Hissam II Mwhammad II, y, tras la disolución del Califato, las taifas de Toledo, Murcia y Sevilla, la entrada de los guerreros del Atlas impuso una ortodoxia que criminalizaba la cultura andaluza como algo “ostentoso, inútil y contrario al precepto coránico”. En especial, el reino abadí de Sevilla, el más extenso y poderoso, cuyo rey, al Mutamid fue árbitro de todos los reinos peninsulares, destacó por su refinamiento y alto nivel cultural, médico y científico. Nombres como los de los científicos y teólogos Averroes, introductor en Europa de la doctrina aristotélica, de dónde bebió Tomás de Aquino, el farmacéutico Avenzoar ó el medico Maimónides, sufrieron incomprensión cuando, tras la llamada “decadencia” almorávide, los almohades tomaron el poder. Cuando sus costumbres y rígidas normas se andaluzaron –para la intransigencia castellana de la época, se relajaron-, los científicos perseguidos habían fallecido, algunos en el exilio, como fue el caso de Maimónides, muerto en 1204 en “Fustad”, hoy El Cairo (Egipto).

Se trata de la emigración menos numerosa, porque a estos y otros científicos sólo siguieron algunos centenares de personas de carácter progresista, adictas a sus ideas y enseñanzas. No obstante, pese a su escaso número, fue una migración importante por el nivel cultural de los emigrados, que ya empezaron a instalarse en la franja sur del Mediterráneo, las antiguas “Mauritania tingitana” y “Mauritania cesarense”, hoy ocupadas por los estados de Libia, Túnez, Argelia y Marruecos. El segundo y el último son los que recibieron los mayores contingentes de exiliados andaluces, muchos de los cuales recuerdan aún su procedencia, de la que se sienten orgullosos y siguen guardando las llaves de su casa en alguna ciudad de la actual Andalucía.

Intransigencia cristiana: la monarquía católica

Aunque todavía el mundo cristiano no estaba dividido entre católicos y protestantes, o “pretestatarios”: luteranos, calvinistas, evangélicos, etc., el título de “Reyes Cristianos” había sido concedido por el Papado a los monarcas francos. Debido a ello los reyes de Castilla y Aragón, al anexionarse el reino de Granada, obtuvieron el título de “Católicos”, que siguen ostentando los reyes actuales, como herederos de aquella “hazaña” militar.

| Fundación de Cultura Islámica. Andalusíes contra bizantinos – FUNCI – Fundación de Cultura Islámica

Tras las bulas de cruzada concedidas a partir de 1212 por Inocencio III para motivar a las huestes de toda Europa a intervenir en la batalla de Las Navas de Tolosa, la victoria de aquellos cruzados facilitó la conquista de los reinos andaluces,  conquista realizada en dos fases: la primera entre 1245, en que Jaén cayó en manos castellanas y 1248, con la capitulación de Sevilla. Dicen algunas crónicas que Fernando III exigió que las ciudades fueran vaciadas y ofreció su propia escuadra para trasladar a los andaluces al otro lado del estrecho. Es fácil comprobar la imposibilidad de llevar a cabo semejante movimiento de personas, que habría durado varios años, por el exiguo número de barcos de la pequeña flota castellana y el elevado de los que habría sido necesario deportar. La segunda fase, la anexión del reino de Granada terminó en 1492, con la conquista de capital, en unas capitulaciones que, en realidad, sólo cambiaban el nombre de sus reyes que, de Boabdil, pasó a propiedad de Isabel I de Castilla. Las capitulaciones, en todos los casos, respetaban a los vencidos, sus casas y reconocían sus propiedades, salvo a la nobleza y los más señalados en la resistencia a la invasión. En algunos casos fueron expulsados de su ciudad, para instalar en sus casas a la nobleza conquistadora. Tanto en Granada como en Sevilla, Córdoba y Jaén, los expulsados se mantuvieron en el mismo reino: los de Sevilla en la “Banda Morisca” –poblaciones de la línea Sevilla-Antequera, La Puebla de Cazalla, Marchena, Arahal, Paradas, Morón de la Frontera- y en las sierras de Guadix, Las Estancias y, mayoritariamente, La Alpujarra, para los granadinos.

En la Alpujarra se fueron refugiando otros miles de vecinos, en huida de los incumplimientos de las capitulaciones por los reyes cristianos y de su nobleza, comenzados por el Cardenal Cisneros, confesor de la Reina, que quiso obligar por la fuerza de las armas a la conversión al cristianismo a todos los vencidos, sin tener en cuenta que más de la mitad de los habitantes de al Andalus nunca habían dejado de ser cristianos.

La posterior guerra de La Alpujarra, durante el reinado de Felipe II, las expulsiones de Los Velez y el Almanzora por Felipe IV y otras represiones llevadas a cabo por estos mismos, Felipe III y los anteriores, desde los propios reyes católicos, sacaron a miles de personas de sus poblaciones de origen, para instalarlos en otras, dentro de la corona de Castilla y, casi siempre dentro de la propia Andalucía, con objeto de desarraigar a la gente y obligarlas a subsistir, vigilados por una hueste nobiliaria, en un ambiente desconocido al que debían adaptarse. Se trató de un movimiento migratorio interno, que hoy habría sido calificado de genocidio. En diversos momentos de este espacio temporal, hubo expulsiones, aunque lo más normal era el ajusticiamiento o la detención y declaración de herejía por el Tribunal del Santo Oficio. En consecuencia, durante estos doscientos largos años, muchos mas que los expulsados, muchos miles más, se exiliaron huyendo de las duras condiciones económicas, laborales y culturales impuestas por los reyes de la dinastía católica, que llegaban a considerar “impúdico” el aseo personal, y castigado hasta con doscientos azotes y galeras.

| Viajeros andalusíes

Uno de los mayores contingentes de huidos se dio durante el reinado de Felipe II, en que, en distintas oleadas arribaron a las costas norteafricanas expuestos en sus débiles medios de transporte marítimo –no más resistentes que las actuales “pateras”- a las inclemencias del tiempo y los peligros de la mar, por lo que no llegaron todos los que salieron de la península, pero la cantidad de los acogidos, especialmente en Marruecos y Túnez da idea de su número: solamente en una de esas oleadas, más de diez mil refugiados coincidentes al arribar a la costa marroquí, se organizaron para no parecer una horda de malhechores a los ojos de los nativos y se pusieron al servicio del Califa de Marruecos. Ese ejército andalusí improvisado participó en la Batalla de Alcazarquivir, en la que falleció Don Sebastián, rey de Portugal, Estado que, al quedar sin rey, fue heredado por su tío, Felipe II, con lo que puso todos los reinos peninsulares en manos de la monarquía católica.

Los exiliados puestos voluntariamente al servicio del Califa, buscaban en realidad un espacio físico dónde instalarse y Marruecos les permitía vivir, no tanto organizarse como grupo. Ellos accedieron a marchar hacia el sur, para, sin abandonar el servicio prometido al monarca, buscar un sitio dónde establecerse. Lo encontraron en la curva del Níger, en Tombuctú, dónde fueron acogidos por la población nativa. Ellos llevaron sus conocimientos a aquella zona del actual Níger, entonces parte del Imperio sudanés y allí dejaron una de las más importantes bibliotecas, recuperada hace pocos años por la Junta de Andalucía.

A causa de estos movimientos, raramente voluntarios, forzados por las condiciones impuestas por los continuos incumplimientos de la monarquía católica y, en muchos miles de casos castigados con la la vida o la servidumbre –no muy distante de la esclavitud-, muchos miles de andaluces se escaparon de la represión y se exiliaron. Hoy, convertidos en millones por su descendencia, pueblan los estados del norte de África: Argelia, Egipto, Guinea, Libia, Mali, Marruecos, Mauritania, Níger, Tchad, Túnez. Algunos apellidos lo certifican. Los nativos apellidaron a los andaluces con las palabras “Turé” y “Armas”, que se mantienen en toda África norte, central y occidental. Uno de los más famosos descendientes de andaluces huidos, si no el más, fue el primer presidente de Guinea y líder de la liberación de África, Sekou Touré.

Estos millones de descendientes de andaluces exiliados por razones políticas, religiosas y económicas, sus familias y descendencia, merecen ser reconocidos como indica su procedencia. Todos los millones de descendientes de andalusíes, hoy repartidos por el mundo, forman parte del exilio andalusí. Por eso para el colectivo pedimos el reconocimiento como Comunidad Andalusí, y para los seres humanos que la forman, el de ciudadanos de Andalucía.