África NO empieza en los Pirineos

RPRESS Rafael Sanmartin. Sevilla, 1 de junio 2021.- La equívoca afirmación estuvo de moda muchos años con la intención de minimizar al Estado español en claro ejercicio racista, sin darse cuenta que se decía por racismo y que un Estado tan racista como el español no podía formar parte del Continente más desgraciado y maltratado. El español es un Estado poco europeo, salvo por la doblez, vicio compartido con la mayor parte de Europa; lo separa de esta la intolerancia, mucho más que la cordillera pirenaica. Aunque Europa también se las trae, salta a la vista su mayor capacidad de mimetización, su “gracia y estilo” para disimular los defectos como los referidos y otros, entre ellos la diplomática falta de diplomacia, el egoísmo o el imperialismo en decadencia, no por voluntad propia sino porque quedó indefendible después del II gran enfrentamiento bélico.

El español es un estado poco europeo en tanto no ha gozado de una revolución ni, dentro de todas las derrotas sufridas, todavía no ha sufrido una que la vuelva del revés, que la haga recapacitar. Por el contrario, con persistente tozudez, cada una de ellas las ha usado para enrocarse, para cerrarse en sí misma. El torpe “que inventen ellos” pronto quedó ampliado a la estrategia, a la ilustración y a todo cuanto hubiera podido suponer alguna elevación cultural, social o económica. Las derrotas la han desgastado y su “genio” la han desgarrado al encerrarse en su tan discutible pasado, considerado glorioso en el interior, que en realidad sólo ha servido para afianzar el lamentable fascismo latente en sus venas. Si la llamada “Guerra de la Independencia” sirvió para crear y asentar el espíritu de “lo español”, y se desaprovechó, se dejó pasar cuanto pudo haber tenido de avance, de progreso, para anclarse en el pasado, el 98 sirvió, no para constatar la caída en picado que empezó con la primera declaración de independencia en 1821.

En lugar de hacerse consciente de su debilidad perdieron la cabeza en rememorar su “augusto y glorioso pasado”, el mejor camino para aposentar el resto de imperio, es decir, de mentalidad imperialista, en la propia península y en los dos archipiélagos, último reducto que quedaba de aquel inmenso imperio tras la victoria de Estados Unidos. No abrió los ojos a la realidad, a su realidad. Se negó a abrirlos y la pagó con los reductos peninsulares e isleños de sus “50 provincias” dónde impuso un régimen cerril con el más acendrado centralismo que, si no llegaba a la fortaleza francesa, destacó y mucho por la opresión del centro-norte sobre la periferia.

El Estado español no es un país, no es una nación. Es un conglomerado creado de forma artificial a base de uniones matrimoniales y conquistas, que terminaron con la apropiación de la historia y la cultura ajenas, en especial la de Andalucía, oculta tras las ocultadas historia y cultura andaluzas. El Estado español, al fin y al cabo, es un residuo de la mentalidad imperialista europea, con la diferencia de que los demás estados se resignaron a perder sus imperios sin perder también su metrópolis, mientras el español, incapaz de desprenderse de ese egocentrismo ciego, sigue laborando, cada vez con más fuerza, por su propia desintegración, en su vano intento de mantener un “status” indefendible, recientemente transmutado en servicio a los grandes holding empresariales, verdaderos patronos de la falsa democracia española.

Europa es egoísta, acaparadora, enemiga de la cultura por mucha cultura que desarrollen personas con capacidad artística y científica. España es lo mismo elevado a la enésima potencia. Además es acaparadora, se adueña de valores ajenos a quienes quiere hacer creer que carecen de cultura propia porque la que disfrutan la deben al centralismo. España es Europa, centrada en lo peor del Continente. África, por tanto, no empieza en los Pirineos. Empieza en Sierra Morena.

Por fortuna. Por dignidad.

Rafael Sanmartin @andalus56

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